IIn a world full of constant distractions, stopping to write to someone could be considered the greatest modern act of love.
The art of writing is fading, and only those who keep it alive are the ones who still know how to love for real.
Today I skied down a mountain that seemed made of light—the snow sparkling so brightly it felt like gliding through a dream. And the whole time, I kept thinking how much more magical it would’ve been if you were here, screaming and laughing beside me like we always do.
I wish you could’ve seen the sunset from here. The sky turned this soft pink-orange, the exact shade you say looks like “peach sorbet feelings.” I took a photo, but it doesn’t compare. Some things are meant to be shared in person—or written down for you, like this.
I hope your day was full of little joys too. I can’t wait until our next adventure together. Until then, I’ll keep writing to you… because somehow, sharing moments with you makes even the best days feel complete.
No sé si alguna vez pensé que escribirte tendría sentido, pero aquí estoy, en un café ruidoso de Melbourne, intentando encerrar en palabras algo que nunca nombramos del todo.
Australia se siente distinta sin ti. O puede que sea yo el que ya no mira igual. Lo que sí sé es que cada flor amarilla que veo me lleva de vuelta a nuestro recuerdo, a un verano que parecía eterno.
A veces me vuelve la escena del campo de flores amarillas. Tú corrías delante, riéndote, y yo intentaba seguirte mientras el sol me golpeaba la nuca. Nada más. No había música de fondo, ni promesas, ni nada que pretenda ser épico. Solo dos personas corriendo sin motivo, como si el mundo fuera más simple de lo que realmente es.
—J.
Je t’écris depuis la plage, les pieds dans le sable encore chaud et le vent qui joue doucement avec mes cheveux. Le soleil se couche et tout devient doré ici : la mer, les rochers, même les ombres semblent briller.
Je pense beaucoup à toi. Même si tu n’es pas ici, je t’envoie un peu de cette lumière, un peu de cette mer et de ce bonheur. J’aimerais que tu puisses entendre le bruit des vagues qui se cassent, régulier comme un souffle calme, et sentir l’odeur salée qui flotte partout.
Aujourd’hui, j’ai ramassé quelques coquillages, ceux que tu aimais toujours trier quand on était petits. Je t’en ramènerai, promis. Je me suis même aventurée à nager malgré l’eau fraîche — tu aurais ri, j’ai crié comme d’habitude !
J’espère que tout va bien pour toi à la maison. J’ai hâte de te revoir et de te raconter chaque détail, même ceux que j’ai déjà mis dans cette lettre.
Je t’aime beaucoup, petit frère de l’âme💛
I’ve just finished one of the longest days out on the beach, and I’m exhausted in the best possible way. Tetiaroa feels even more magical tonight.
But the best… the absolute best part was watching the first baby turtles of the season make their way out of the sand.
Tiny and determined, like they already know exactly where they’re meant to go. I swear I almost cried—don’t laugh. There was something so hopeful about it, like a little reminder that new beginnings can still surprise us.
I wish you could’ve been here. I kept imagining you next to me, making some joke to hide the fact that you’d be soft about it too. Some things feel different when I picture sharing them with you… in a good way. A really good way.
I’ll write again soon.
You know who 🐢
¿Te acuerdas de Limón, el ciervo con el que compartíamos aventuras de pequeñas?
No te lo vas a creer, pero me lo he encontrado hoy (o al menos eso quiero pensar). Estaba caminando por el bosque, ese mismo en el que nos inventábamos historias absurdas sobre reinos secretos y árboles que hablaban, cuando de repente vi unos ojos enormes observándome desde la distancia.
Al principio pensé que era imaginación mía (ya sabes cómo me pongo cuando vuelvo a este sitio) pero no. Era él. O uno que se le parece tanto que preferí no cuestionarlo. Tenía ese mismo color cálido en el pelaje, y esa forma tranquila de mirar, como si entendiera más de lo que dice el mundo.
Se acercó despacio, sin miedo. Y te juro que por un momento sentí lo mismo que cuando éramos niñas y corríamos detrás de él con la esperanza absurda de que nos adoptara como parte del bosque. No sé, fue raro… bonito raro. Como si alguien hubiera rebobinado el tiempo solo un segundo.
El bosque sigue igual de mágico que entonces. O quizá somos nosotras las que, al volver, recuperamos un trocito de lo que fuimos. No lo sé, pero ojalá hubieras estado aquí para vivirlo conmigo.
Tenmos que volver juntas la próxima vez. Y si Limón decide aparecer de nuevo, esta vez sí que le ponemos una corona de flores, como siempre dijimos.
Te quiero.